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BEGOÑA por Nieves Llorente PDF Imprimir E-Mail
BEGOÑA

Al pasar al cuarto de estar me deslumbraron los afilados últimos rayos de la puesta de sol entrando por el balcón. Aun medio cegada como estaba entreví en la sombra un bulto oscuro y fui hacia allí. En una silla de ruedas entre un gurullo de ropa destacaba lo único reconocible de Begoña. Su blanca y abundante cabellera. Tenía la cabeza hundida entre los hombros y los ojos cerrados. La señora que la atiende se acercó amorosa y mientras la tocaba suavemente como llamada de atención, le dijo que tenía una visita. Yo me acuclillé y tomándole una mano entre las mías, empecé a hablarla. Begoña levantó levemente la cabeza y entreabrió los ojos con una mirada sin expresión, ni un gesto de reconocimiento, ni un atisbo de interés. La cuidadora me acercó una silla y salió de la habitación cerrando la puerta. Begoña dejó caer la cabeza y cerró los ojos de nuevo, yo me senté a su lado en la penumbra apenas iluminada por la luz del crepúsculo y perdí la vista a través de los visillos por donde se traslucían en contraluz el Viaducto y la Cúpula de San Francisco el Grande. 
 
Allí sentada frente a ella, sin nada más que hacer que acompañarla, me vinieron a la memoria las tardes que pasé en esa casa, y en esta habitación escenario de juegos infantiles durante tantas tardes invernales de domingo, mientras los mayores en el salón hacían su tertulia.
 
Y también me acuerdo de haber oído en casa comentarios de mis padres a propósito de Begoña y de la mujer fuerte y admirable que era… y cómo después de enviudar tan joven, había vuelto a Madrid no sólo buscando el abrigo de la familia sino dispuesta a sacar a sus hijos adelante incorporándose a su trabajo del que estaba excedente desde que se casó.

Y evoco aquella pizarra colgada a nuestra altura en la pared al lado del balcón, donde tanto disfruté dibujando con tizas de colores y cómo Begoña asombrada ponderaba ante mayores y pequeños mis dibujos y los mantenía en la pizarra de una semana para otra.  

Y ahora, aquí estamos las dos solas en esa misma habitación, yo desconcertada intentando asumir la situación, porque a pesar de los avisos previos de deterioro que me habían anunciado, me sigue pareciendo increíble que se pueda llegar a este grado de quebrantamiento… ¿Dónde está aquella mujer tan aparente, de personalidad arrolladora, cargada de fuerza interior que daba la impresión de que podía con todo, y que había sido para mí el paradigma de la mujer que me gustaría ser de mayor? Y por más preguntas que me hago sigo sin conseguir tragarme el sapo de la cruda realidad, porque en mi memoria sigue todavía viva aquella Begoña guapetona con la cara tersa, el pelo precozmente blanco que tanto la favorecía, y la mirada brillante e inteligente… que  hoy me divide el alma.

Nieves Llorente
23-11-2009

 
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