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LA AURORA por Juan Antonio Jiménez Arriazu PDF Imprimir E-Mail

...la celda abierta... ¿un sueño?... las veo... mi madre, mi novia... domingo, la plaza, música... ellas me esperan, siempre me esperan, sonríen, me llaman... ¡cómo me quieren!... no sienten envidia... no conocen los celos... soy todo para ellas...; quién lo interrumpió, quién arruinó nuestras vidas..., no entiendo, no lo entendí nunca y ya hace...; alguien me avisó: «vienen a buscarte», «pues aquí me encuentran» y así empezó todo,... ¿cuándo?..., ya no lo recuerdo; pero... ¿cómo olvidar lo que vino después?: «no te empecines, confiesa», «¿qué quieren que diga?», «demasiado lo sabes...», «a qué se refieren», «qué has hecho con ella», «nada...», «era todavía una niña inocente...», «ni la conozco»...; luego no fueron palabras: las porras, que no dejan huella; los cubos con agua y la asfixia; las noches en vigilia obligada; los días y noches de pie; las falsas noticias: «testigos que afirman..., ¡confiesa!», el ánimo derrotado, «pruebas halladas..., ¡confiesa!», la voluntad quebrantada «¿ves?..., todo encaja..., ¡confiesa!», el cuerpo agotado, «los hechos lo prueban..., ¡confiesa!», el alma vencida..., «¡confiesa!»..., «¡confiesa!»..., «¡confiesa!»,... y al fin... «¿qué quieren que diga...? pues ya está..., lo digo», «¡fírmalo!», «lo firmo ¿qué más da?, ya no puedo ni con mi alma..., no puedo, no puedo más...»

¡...qué guapa que está: vestida de blanco, con flores en las manos, con el velo de tul, con el alma en los ojos y su mirada enredada en la mía...!; don Cosme, mi madre, su padre de gala, como los domingos, no, aún más elegantes... y yo, el traje oscuro, la corbata gris perla, los zapatos lustrosos, la camisa blanca inmaculada...; los zapatos me aprietan, la corbata..., me asfixia... «¡¡no, los cubos no!! »..., la mirada retando al futuro, los nervios a flor de piel, el alma en alerta pendiente de ti...

...no pude impedirlo, no estabais en recinto sagrado, no habíais entrado en la iglesia... aún en el atrio, los mozos, con voces firmes, enteras, iniciaban la aurora, reservada para estos acontecimientos, con la plegaria de invocación:

«Ave María purísima,

las mozas, con sus voces de ángeles, atipladas, contestaban, una octava más alta:

sin pecado concebida;

y ambos, mozos y mozas, en un dúo que ponía lágrimas de emoción en los ojos:

tú que eres la madre de Dios:

y aquella lejana tarde, recordaba; supiste lo que quería; aunque yo no supe decírtelo, tú lo entendiste: aquella tarde, ¿te acuerdas?... ¡¡tú, con aquel forastero!!..., luego me dijiste que era tu primo, «este es mi primo...», dijiste; pero cuando me dieron ganas de zurrarle no lo sabía; menos mal que él no entró en mi juego; claro, no sentía lo que yo..., ¿eran celos?, ¡pues claro!; fue así como supe decírtelo y así como supiste entenderlo;

luego, en un piano susurrante suplicaban a la Madre de Dios...

escúchanos hoy

¡oh Madre de amor!...

¿desde cuándo sentía por ti eso que no sentía por nadie, ni por mi madre?; era diferente, como más fuerte, como más urgente, como el principio de algo que pugnaba por llegar más lejos..., aún no sabía hasta dónde...; antes, de niño..., de niño todo era distinto, sólo era que me gustaba estar contigo en el banco de la escuela, en los juegos, en los rezos, en los sueños..., sólo era que eras mi mejor amiga, mejor que mi mejor amigo: te lo contaba todo, te lo preguntaba todo, hacía lo que tú hacías, iba a donde tú ibas..., pero no resultaba agobiante sino dulce, reposado, como un murmullo; luego, cuando fui mayor, se hizo urgente, exigente, como un grito; me hacías falta para todo: no sabía hacer nada solo, no podía decidir sin tu consejo, llenabas mi pensamiento día y noche, sólo me importaba lo que tú dijeras, lo que tú quisieras, lo que tú pidieras; te quería cerca, a mi lado; estaba desasosegado en tu ausencia y únicamente tenía serenidad en tu compañía; sólo me importabas tú...

Y, en un crescendo que culminaba en un silencio brusco que dejaba rebotando los ecos en las bóvedas del alma, terminaban la introducción de la plegaria:

...escucha nuestro ruego

y danos tu santa bendición.

después de aquella tarde, cuando los dos lo sabíamos, fue más fácil: era repetir lo ya dicho, empleando otras formas, pero diciendo lo mismo y, siempre, aun sin decirlo, sentirlo; sentirlo muy hondo y llenándolo todo, sentirlo en los perfumes del campo que emanaban de tu cuerpo, en los colores del sol que refulgía en tus ojos, en el aire del amanecer que palpitaba en tu aliento; escuchar en tus risas el campanil en pleno tocando a fiesta, en tu voz el zureo de la paloma, el susurro de una oración; descubrir en tu mirada la fe en una promesa, tu confianza en mí; sentir en tu mano el temblor de la emoción disimulada, el calor de la sangre encendida que teñía de rubor tus mejillas...

tras una pausa hasta que se perdían los ecos, las mozas, solas, con sus voces agudas que subían al cielo, comenzaban con la aurora de felicitación y buenos deseos, alborada llena de anhelos sinceros de felicidad:

Cantan las aves con dulces trinos

canta la aurora al amanecer

salta de gozo el pueblo amado
que un día hermoso os vio nacer.

¿soñaba? ¿éramos nosotros a los que esperaba don Cosme, allá en el altar?: mi madre a mi lado, tan feliz como tú, tu padre al tuyo sin saber muy bien lo qué hacía, como ajeno a todo, sin entender nada, la mirada perdida en la lejanía, tal vez en el recuerdo en su Herminia... —«tú ya no la recuerdas ni cuando te hablan de ella» ¡hace ya tanto que se fue!... todo se olvida, «hay que seguir viviendo», me decías que te decían—... ¿todo se olvida?, ¿se puede seguir viviendo...?; hay desgracias que no terminan, que mantienen un muerto en vida, y así, cómo se pueden olvidar, cómo se puede seguir viviendo; no se entierra un recuerdo, tan sólo a los muertos se entierra, pero ¿a los vivos?...

ambos, mozos y mozas, a tres voces, pero con un único y unánime sentimiento, con una misma emoción:

y todos juntos templan sus voces

y todos juntos quieren cantar

al veros llenos de amor y gozo

subir las gradas de nuestro altar...

 

...no, no se entierra a los vivos aunque sólo te quede su ausencia...; así debió de ser para ti, a juzgar por lo que era para mí: una ausencia sin olvido, un dolor sin consuelo —¿para qué contar los días que han pasado si no se pueden contar los que faltan?—, una pesadilla cuando duermes, una obsesión cuando velas, una herida en carne viva...; una vez al mes cambiábamos la zozobra por el anhelo de lo imposible..., una hora..., una pared de cristal por medio..., ni los dedos se podían unir..., una fila de presos frente a otra de visitas, un guirigay de susurros y, a veces, un grito de rabia como un eco de desesperación...; era como hurgar en la herida al dar vida a la esperanza..., esperanza ¿de qué? —ya hace mucho que fue firme la sentencia—; ...esperanza de que pasen los días y llegue otra hora de visita que calme las ansias... o ¿que avive las llamas? o ¿que clame al imposible? o ¿que blasfeme de Dios? o..., y sin embargo era la razón de vivir..., no, tan sólo la razón de no morir, de no desesperar, de no gritar como un loco, de no llorar furioso de rabia, de no agredir al carcelero..., de reprimir la ira durante todo el mes...—y aún jugaban con esa mísera hora de visita los funcionarios: su supresión era amenaza constante, motivo de chantaje, tortura incruenta que no deja huella en el cuerpo, sólo marca el alma—; era ventura que a veces no llegaba, que, como un sueño, se diluye al alcanzarla, al tocarla con la mano, al despertar en su gozo..., otras veces llegaba —lo sabías cuando oías tu nombre por los altavoces seguido de un escueto “visita”...— y, casi inadvertida, pasaba; un instante de felicidad entre dos eternidades de soledad insondable, una pompa de jabón que sustentaba un mes de esperanza...; unas veces, las más, venías tú, otras, ella y se pasaba el tiempo hablándome de ti..., y hubo un día, en que viniste tú, y te pasaste la hora hablando de ella..., «mi madre» decías y otro día, después, vino don Cosme —habitual mensajero de la esperanza.... — triste portador de postreras voluntades...;  después, cayó la puerta acorazada del locutorio, como cae la losa de una tumba, retumbando en el silencio del tiempo solidificado y olvidándome para siempre en su interior...; la celda abierta, pero, no, no me espera amenazadora, me despide indiferente; han pasado muchos años, tantos que..., y sin embargo vuelve el recuerdo con fuerza de presente:

lo recuerdo como si fuera ahora: ya la plegaria llegaba al final; las voces: asentadas, redondas, afirmaban la narración del acontecimiento al que acompañaban, dándole lustre y solemnidad...

...para, en presencia de todo el pueblo,

fijos los ojos en el mirar...

y... no pude impedirlo...

no pudieron terminar la aurora...; los esbirros de la impostura interrumpieron la ceremonia con violenta brutalidad..., «¡confiesa!..»; aún sigue martilleando en mis oídos el silencio de los tres últimos versos de la aurora interrumpida... ¡qué guapa estaba!..., Don Cosme, mi madre..., «¡confiesa!..», «¿qué quieren que diga? ...pues ya está, lo digo»... «ya no puedo más...»;

...el traje oscuro, la corbata gris perla, los zapatos lustrosos, la camisa blanca, inmaculada..., ahora manchada de sangre —«resistencia a la autoridad», dicen los escritos—, sangre indeleble, testigo de abusos, de presiones y torturas...—«¡confiesa!...»— para arrancar una confesión que diera credibilidad a una impostura, que  saciara una sed de justicia equivocada provocada por una ceguera voluntaria —...y allá, engullidos por las arenas, están los cadáveres (a nadie ha devuelto nunca la charca y hasta los animales evitan sus orillas)...; las huellas de su arrastre mueren en su ribera...; un pañuelo de cuello ha sido identificado como de una de las víctimas... y un palo largo, que sin duda sirvió para empujarlos, reconocido como suyo por del acusado, ¿qué más pruebas se requieren para transformar la sospecha en certeza?...», decía el fiscal, con prisa por cerrar el caso—, o tal vez intencionada por quien necesitaba encontrar un crimen donde sólo hubo una ausencia..., vuelve el recuerdo con signos de presente: ilusiones que desbordan el alma, amores para estrenar, proyectos inéditos, sueños a punto de ser realidades, promesas que unen dos vidas hasta el final...; ¡cuántos años!... y aquellas voces, mensajeras de un futuro anhelado de entrega mutua, de integración de dos vidas en un vivir al unísono..., aquellas voces que quedaron mudas por la brutalidad de un atropello... y que han seguido vivas en mis oídos..., y ahora, aquella vida inmolada en el altar de la justicia ciega (¿tal vez venganza?), manifiesta su imposibilidad de ser tras tal interrupción... y ahora me dicen que no había desaparecido nadie, pero en mi memoria aún retumba aquél «¡confiesa!.., era todavía una niña inocente,... perdiste la razón, la viste como una mujer, te encelaste, y...», y no, no había desaparecido nadie, y me cuentan la historia que relata la niña desaparecida —decían que asinada— ya mujer madura: «... pero la tía me convenció para que cediera a las propuestas de aquel caballero intachable que me ofrecía una vida regalada a cambio de que le otorgarse mis favores en exclusiva y con la única exigencia de una discreción total, ¡su santa esposa...! y así —¿qué perdía yo?— un buen día abandonamos el pueblo, con total discreción...--¡su santa esposa...!— y en absoluto secreto, y viajando sin descanso terminamos en París —mi tía como doncella de la señora y yo como secretaria del señor—, una ciudad donde nadie pregunta nada, donde la luz te ciega, los lujos te desbordan, la música te ensordece, los bulevares te arrullan y la vida te emborracha con canciones de amor. ¿Llegué a amar a mi amante?  Ahora no importa; y murió la señora y me casé con el señor y fui la señora; y murió mi tía y, aun casada con el señor, me sentí huérfana; y poco después murió el señor: enviudé, heredé una fortuna considerable, me acosó una soledad insoportable... y aquí vuelvo, huyendo de mí, de mi infortunio, de mi soledad..., renegando de mi fortuna». Eso, me dicen, cuenta la niña, ya mujer madura, y eso, me dicen, canta mi inocencia, y eso, me dicen, abre las puertas de mi prisión y me devuelve a la vida:

...la celda abierta... ¿un sueño?...

 …no estabais en recinto sagrado,

las veo... mi madre, mi novia...

aún no habíais entrado en la iglesia...

domingo, la plaza..., música...

y no pude impedirlo...;

ellas me esperan..., siempre me esperan,

un empellón me apartó cuando llegué al atrio tratando de evitar el disparate que se iba a cometer...

sonríen, me llaman... ¡cómo me quieren!... no sienten envidia... no conocen los celos....

«Don Cosme, no se preocupe, todo quedará aclarado en cuanto hable con ellos», recuerdo tus últimas palabras en libertad; luego... cuando me dejaron verte...

soy todo para ellas...

luego..., ya fue tarde,  ¡ya habías confesado...! ¿qué habías confesado? ¡¡¡qué???

pero..., ahora me doy cuenta, habíamos llegado a la puerta de la iglesia...y Don Cosme —solos él y yo...—: allí, en el atrio..., yo, tembloroso, casi inválido —el traje oscuro, la corbata gris perla, los zapatos lustrosos, la camisa blanca inmaculada— espero el fin de la plegaria; yo, casi ciego, la veo a mi lado, vestida de blanco, con aquellas flores entre las manos, con el velo de tul, con el alma en los ojos y su mirada enredada en la mía...; yo, casi sordo, escucho con nítida precisión los últimos versos de aquella aurora,

juntas las manos en el amar,

dar testimonio de una promesa

que une dos vidas hasta el final.»

ahogados aquel día por la brutalidad de un error...: hace... ¿cuánto tiempo hace…?

... hace... una vida...
 
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