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LA DERROTA por Gregorio Torres Treviño. PDF Imprimir E-Mail

Antecedentes
No me pesa. Cuando empecé la carrera, tras aquellas discusiones familiares, sabía los riesgos y mi padre los expuso con claridad: “muchacho, no solo vas a pasar hambre… tendrás muchos disgustos, pero si es tu deseo, ¡adelante!”, dijo.
De eso han pasado muchos años, pero aún recuerdo como si fuese ayer la mañana en que subí al autobús camino de la capital para estudiar en la que entonces se llamaba Escuela de Magisterio, sí, magisterio, mi sueño profesional: educar a los niños, a los jóvenes de mi ciudad, esos chicos que veía jugar al pasar por la puerta de su destartalado colegio. 
Los miraba a diario y en sus ojos, alegres o tristes, veía reflejada la realidad de su vida, incluso, no sé si parecerá petulancia, creía ver en ellos sus temores, intuitivos tal vez, pero reales, que reflejaban, ya a su edad, un porvenir con pocas o nulas ilusiones, acaso, de un futuro sin futuro. Eso me hacía sentir una sensación indefinida de amargura, siendo ellos lo mejor de nuestra deprimida comunidad, pensaba. Y entonces quería hacer algo por ellos.
Cuando me trasladaron a este barrio-dormitorio en las afueras de una cuidad de tamaño medio, antes próspera, cuyo nombre silenció, llevaba el tiempo suficiente de maestro para saber todas las miserias de la condición humana y no esperaba que las cosas pudiesen cambiar, todo en el sistema estaba contaminado por la corrupción, las desigualdades, más en este ámbito concreto  controlado por intereses espurios. 
Cuando el director del colegio que, ¡oh, casualidad!, se llamaba “Centro de Educación Pública Hispania”, me llamó a su despacho, no imaginaba que eso sería el principio de los acontecimientos desafortunados que vendrían luego. 
-¡Siéntese! –me dijo, señalando la desvencijada silla frente a su no menos destartalada mesa.
-Usted dirá, director.
-Como perfectamente sabe usted, lo vive a diario, nuestros medios son precarios, el colegio está casi en ruinas… pero al menos he conseguido que ustedes reciban sus salarios, congelados, ya sé, ya sé… –hizo un ademán con la mano para  coartar cualquier intento de protesta por mi parte-, y que las clases se den cada día aunque sea en estas condiciones indecentes, pero es lo que la administración anterior nos endilgó, ya sabe, ellos fueron… Bueno, es igual, ¡esto es lo que hay! Se interrumpió malhumorado.
Yo permanecía en silencio pensando que al Consejo de Dirección en cambio, no le iba tan mal. Tenían  prebendas, privilegios, cobraban dietas por asistir a los claustros… ¡Ustedes no pueden quejarse, caramba!, estuve tentado de decir, pero, como otras veces, callé.
-Tengo que informarle de que la próxima semana vendrá el Inspector Regional a hacer una visita… y espero que todo funcione perfectamente, que se marche seguro de que aquí estamos haciendo las cosas bien, según las directrices de arriba, ya sabe, las del Máximo Órgano Supervisor, los de allí, en el quinto coño, con perdón.
-¿Y qué puedo yo aportar?, creo que no me afecta en nada… ¡soy un simple maestro sometido! -dije por quitarme de en medio, “¡a otro perro con ese hueso!”, que hubiese dicho el clásico.
-Ya sé, ya sé… pero usted es el profesor más popular, tiene mano con los chicos, le  tienen simpatía, a los otros, mucho me temo, que los odian…
-No será para tanto, el de Física tiene cierto carisma…
-No, hombre, no, a ese le matarían si pudiesen.- Esbocé una sonrisa pensando que sí, que al de Física se lo cargaban seguro en cualquier callejón oscuro, tal vez no por él mismo, sino por su asignatura.
Me distraje un momento pensando que yo tenía la suerte de explicar Literatura y, a los mayores, Filosofía… barata, me decían. El director comentaba algo de una actitud hostil, claramente manifestada en el comedor donde, los días impares de mes, los alumnos golpeaban al unísono las mesas con los cubiertos, negándose a comer. Yo lo sabía, por supuesto, y eso me pareció una postura digna para no resignarse. En el comedor de profesores, en el cáterin contratado, seguramente por un precio superior al necesario, se servía comidas estupendas.
-Ya sabe que se tomaron medidas al respecto y que el cabecilla… ese chico huérfano de padre e hijo de mala madre, Publio, se llama, ¡valiente nombre, como de romano! –decía con disgusto-, y que se le ha abierto expediente disciplinario… pero no queremos echarle para que la revuelta no vaya a más.
-Lo que hay que hacer, señor director, si me permite decirlo, es dar más horas la calefacción y, sobre todo, que la comida… subvencionada, por cierto, sea mejor, no esos potajes infectos que les…
-No siga, no siga… usted es de los nuestros y no puede ponerse de su lado, debemos cumplir las Órdenes de arriba –señala a lo alto-, o nos cerrarán el grifo de esas subvén…
-Sí, soy de los suyos, sin duda -interrumpo-, pero no me beneficio como ustedes de determinados beneficios que…
-Ya lo hará, hombre, un poco de paciencia… cuando llegue al Consejo de Dir…
-No me interesa llegar tan alto, señor -dije con cierta dignidad patricia.
Fuera, sonaron los timbres de final de las clases y el estruendo de la estampida humana llenó el aire con su algarabía de gritos. Ellos son así, me dije, potrancos que se liberan de estos mayorales viejos y cínicos.
-En resumen, profesor, tiene que hablar con ese tal Publio y hacerle entrar en razón, al menos durante los tres días que estará aquí el Inspector General. Hombre, ayude al colegio y yo, personalmente se lo agradeceré  a poco tardar. 
-Si es una orden, yo la acato y lo intento.
-No es una… bueno, tómelo como quiera, pero por favor, no quiero ni un ruido esos días, gracias y buenas tardes.
Confieso que salí desconcertado y durante unos días anduve pensativo, poco concentrado en mis clases, debo reconocerlo, pero no sabía cómo conciliar mi postura personal frente a la revuelta, inocente desde luego, que consideraba legítima, con mi situación en el colegio, la posible, segura, casi, elevación a los cielos del Consejo Directivo… con todas sus prebendas, corruptelas, más bien, incluso, de corrupción sin tapujos.
Había perfilado mi estrategia, cuando ocurrió un suceso que iba a condicionar mi postura en relación con la situación que se vivía en el centro. 
-De modo que le han castigado, Publio –le dije delante de la mesa que ocupaba en un rincón de la sala de  estudio. Afirmó con la cabeza, seguro.
-Me imagino que ha sido por su culpa, naturalmente… ¿o me equivoco? 
-No, no se equivoca, profesor, yo he tenido la culpa.
Vaya, por lo menos dice la verdad, pensé mientras le observaba.
-Estudias Lengua, veo –dije por romper el hielo de la situación algo tensa, allí los dos solos en aquella sala destartalada y fría, con la única luz de su mesa. Me senté enfrente-. Pero la llevas bien, creo.
-Sí, me gusta, quiero ser periodista…- Pensé, pues casi nunca dirás la verdad, amigo, pero no le desanimé.
No tenía aspecto de líder, era delgado, casi enjuto, ojos vivaces, pelo lacio sobre la frente, algo cargado de hombros. Si no el físico, algo debería tener para influir a sus compañeros hasta el punto de que le sigan ciegamente en las protestas ruidosas.
-La última plantada en el recreo ha sido bastante fuerte, ¿no? –dije.
-Sí. Estuvimos durante el recreo a pie firme y no quisimos entrar a clase de la señorita Luisa, la de sociales, luego el director me llamó y…
-Y aquí estás, encerrado a estas horas en el colegio ya cerrado, solos con el vigilante que estará viendo la tele en su cuchitril, supongo… y hasta las diez por lo menos, creo.
-Sí.
Yo sabía que era huérfano de padre pero desconocía los motivos. Le pregunté por ello.
-No, no me importa contarlo… cayó de la obra y se mató.
Lo dijo así, escueto, con sencillez de hombre. Insistí, mientras él cerraba el libro que tenía abierto por “la oración compuesta”.
-Para ti sería muy duro. Me arrepentí al instante y traté de rectificar.
-Claro, que idiotez, cómo no iba a serlo –murmuré.
-Sobre todo para mi madre, yo era algo más pequeño.
-¿Qué recuerdas de él? –intentaba conocer sus motivaciones, quizá así pudiese conocer sus puntos fuertes. Y débiles.
Tardó un momento en responder, miraba fijamente al otro extremo de la habitación desierta, a otro chaval le hubiese impresionado estar allí, a solas con las cucarachas.
-Me dejó su lucha –dijo con expresión seria-, era del sindicato y siempre estaba en las peleas… huelgas y todo eso.
-Ya –comprendí que lo llevaba en los genes-. Bien, y tú, ¿vas a seguir con estos planes?
-Mientras no nos mejoren las condiciones, arreglar el barracón de las clases y el gimnasio, sí.
-Sabes que la situación es mala, no hay dinero para eso, el presupuesto no da para…
-Pero, las salas de profesores, su comedor y pintar los despachos… para eso, sí.
Di el paso al frente que llevaba pensado, el muchacho era convincente, de fiar, sus argumentos lo dejaban claro.
-Dentro de un par de días volveré a verte aquí… cuando estemos solos.- Salí y al pasar por la garita, el vigilante dormitaba con la boca abierta, recostado en su sillón. ¡Valiente vigilante!, me dije, y cuestan una fortuna.
-¡Director! –llamé al verle en el pasillo-. La protesta en el recreo va a continuar, lo siento, pero ese chico es tozudo, hablé con él y no desistirá.
-Entonces, tendremos que tomar otros caminos… evitar que los demás le sigan. Sí, hay que tomar otros caminos –y sin mirarme, siguió hacia su cubil.
Habían pasado unos días y el ambiente en el colegio empeoraba. Los profesores estaban inquietos, hacían corrillos y hablaban en voz baja y en los pasillos, la sala de descanso, en el bar, gesticulaban. Como siempre, había dos bloques: los de “mano dura”, amenazas y castigos, la expulsión del líder, el bastardo ese y sus adláteres. Enfrente, los tolerantes reclamaban medidas conciliadoras, atender al menos alguna de las demandas, y en medio, la cúpula directiva, el gobierno del colegio, que tenía otros caminos, digamos, más sutiles: astucia, manipulación, información sesgada, por supuesto, la mentira y… las promesas. 
Cuando se produjo el incidente del gimnasio, yo esperaba algo así. Publio seguía castigado y fui a verle de nuevo. Como la otra vez, estábamos solos, frente a frente, sin testigos podíamos hablar francamente.
-Sé que han intentado enfrentarte a tus compañeros, ¿no es así?
-Sí. Me quitaron de la taquilla todo, y sin calzón y la camisola del equipo: no pude jugar el partido más importante, contra los del Colegio Germano… y perdimos por goleada. No me lo perdonan, creen que no quise jugar, por miedo o yo que sé. 
-¿Y qué crees tú que ha sido? –pregunté sabiendo la repuesta. Me senté a su lado para darle confianza.
-Los bedeles, por orden del director, eso seguro.
-Bien, eso creo, muchacho… -Hice una pausa, mientras el chico me miraba directo a los ojos, alerta-, tendremos que hacer algo, ¿no te parece? -asintió con  desconfianza-, estoy de vuestro lado… y me juego mucho también.- En pocas palabras le expuse el plan y quedamos de acuerdo.
Dos días después, el claustro al completo esperaba en la sala de estudio, ahora iluminada y con adornos florales, esperando al Inspector. Todos en orden de revista, nosotros, con los trajes de misa, alineados como los sirvientes de un duque inglés al regresar de una cacería de zorros… sí eso, de zorros, pensé. 
El director entró sonriendo forzadamente y algo tenso, se veía por sus parpadeos inquietos que se jugaba mucho, mientras pasaba revista, iba diciendo nuestros nombres al visitante. Este, aparentemente complacido, estrechaba las manos y repetía el nombre que escuchaba al otro. Al llegar a mí, el asunto fue diferente.
-Señor director, me complace presentarle al profesor… -aquí dijo mi nombre en discreto silencio-, explica Lengua y Literatura Española y Universal, es muy apreci…
-Le conozco, director, le conozco, -interrumpió- fue mi alumno en la Escuela de Magisterio, hace ya tiempo de eso, ¿verdad, amigo mío?- Sus palabras surtieron un efecto de catarsis y el director, con expresión sorprendida, añadió de forma mecánica algo así como “está próximo a ascender al consejo directivo, sí, es muy…”. El otro ya se alejaba y le siguió corriendo como una mascota. Sonreí, creo.
Publio, ya me había informado antes de que en su móvil recibía mensajes anónimos: “si en la visita pasa algo, tú serás el que desaparezca”, se referían a su uniforme de futbol, claro, o “te expulsarán y en la calle solo serás una puta mierda, sin equipo, sin nada”, y otros por el estilo. Le pregunté si quería seguir adelante. 
-Sí.- Como siempre, escueto, me dije.
Estaba previsto que al entrar en el aula grande, la de los diplomas, todos se pusiesen en pie y aplaudiesen al Inspector General. Eso era lo previsto. Pero no  estaba en nuestros planes. Todos los alumnos de los cursos superiores siguieron sentados y un silencio opresivo llenó el recinto. Desconcierto y nervios, algunos profesores en pie, aplaudieron fervorosamente, era su obligación, supongo. 
Pero el número fuerte aún no había llegado. Tras los discursos, cortos, de puro aliño, los chicos debían salir primero del aula, en fila y silenciosos, pero todos se quedaron en sus sitios y empezaron a golpear con las palmas de la mano los pupitres. 
-¡Calefacción!, ¡mejores comidas!, ¡libros para todos!... –coreaban al unísono y sin haberlo ensayado, les salió bastante bien. Reclamaciones justas… y huida de los responsables por el pasillo hacia la salida rodeados por los vigilantes contratados para reforzar al dormilón.
La contraofensiva del poder, se puso en marcha. Inspector, cúpula del gobierno del colegio y el claustro con el director a la cabeza, tenían un Plan B. Reunidos todos en el aula de la que los chicos no habían salido, el director, les dirigió la palabra.
-Queridos alumnos del colegio, aunque vuestra actitud ha sido desde cualquier punto de vista, reprobable, este claustro, con la anuencia, anuencia.- repitió y remarcó esta palabra-, del Inspector General, me complace proponeros ahora unas cuantas mejoras para satisfacer vuestras demandas.
Empezó la retahíla:
-Primero, no se tomarán represalias contra nadie -buscó con la mirada a Publio sin encontrarle.
-Segundo, la calefacción se aumentará dos horas y cinco grados Celsius de temperatura.
-Tercero, no se castigará a partir de esta fecha a los malos estudiantes ni a los revoltosos en clase a quedarse tres horas de estudio y nunca más tarde de las ocho.
-Cuarto, la comida en el comedor de alumnos será a partir del próximo mes, igual a la del comedor de profesores.
Así, el buen hombre, fue enumerando una serie de mejoras y medidas incluso de mayor alcance que las demandas de los muchachos, también una, que nadie había pedido, referente a que se expondrían en el tablón de anuncios los gastos de los profesores a cuenta del presupuesto asignado al centro. ¡Veremos!, me dije.
-Pero… –y aquí venían las exigencias o contrapartidas-. Estas medidas deberán ser aprobadas en votación por todos los alumnos, para lo cual… 
Explicó la forma de hacer esa votación, y añadió la firma de un documento de conformidad y compromiso por parte de los alumnos, que nunca, jamás, en su caso habría nuevas peticiones ni realizarían acto reivindicativo alguno.
 Les previne.
-No lo harán, nunca lo hacen. Será una farsa, os mentirán de nuevo, su palabra no vale nada… una vez que tengan lo que quieren, vuestra aceptación, no tienen por qué cumplirlo, nunca se renuncia a lo que se tiene… ¡nunca lo hacen!
Pero las buenas de los muchachos y sus padres, tal vez su ingenuidad, tal vez el cansancio, quién sabe, las promesas y la esperanza de verlas cumplidas, hizo que se aprobasen los ocho o diez puntos propuestos y se firmase el compromiso de aceptación.
Ha pasado el tiempo. Pronto, Publio estuvo en la calle, le acusaron de quedarse con libros de la biblioteca, que aparecieron después en su taquilla, sus amigos más cercanos le siguieron al poco por suspender en todas las asignaturas. Los más inquietos repasan las lecciones hasta altas horas en la sala de estudio y la comida de los profesores sigue siendo mejor que la de ellos.  
-Bien, Publio, aquí nos despedimos, me marcho a otro sitio, otra ciudad, otro país… intentaré encontrar trabajo en otro colegio que quiera tenerme entre sus profesores… pero sabes que es difícil, aunque estoy contento de lo que hicimos,  de haberlo intentado pese a la derrota. Supongo que tú también. 
-Sí. 
Nos dimos la mano y, mentalmente, le desee suerte. La necesitaría.

Consecuentes.
Ha pasado el tiempo, seguramente más del que recuerdo pero sin duda, años, y ahora, al describir los sucesos en que Publio por su voluntad, y yo sin buscarlos, nos vimos envueltos, debo añadir aquí sus consecuencias.

En la Universidad de Cromwell, me acogieron sin preguntar más que sobre mis conocimientos, por ello hoy explico Literatura del Siglo de Oro a estudiantes norteamericanos. Tuve suerte.
En ese tiempo no había olvidado del todo a Publio, a veces me preguntaba qué habría sido de aquel muchacho decidido y tenaz con el que compartí una revuelta escolar, como siempre fallida, pero que nos dejó a los dos un buen sabor de boca. Eso al menos me dijo.
Durante las vacaciones de verano yo regresaba siempre a mi país, y una tarde de primeros de agosto, un hombre joven se acercó al banco del pase junto al mar donde yo leía. 
Levanté la vista del libro porque su sombra me quitaba la luz.
-Profesor… -dijo una voz que me sonó familiar. 
-¿Sí…? 
Era un tipo alto, bien parecido, con barba negra y muy curtido. Pensé que sería un socorrista, quizá algún alumno de Cromwell, pero ahí, no le identificaba.
-¿No me recuerda…? –pregunta, y se responde él mismo-. Claro, ha pasado tanto tiempo. Entonces, la luz se hizo un hueco en mi recuerdo.
-¿Publio? –dije, supongo que con expresión incrédula. 
-Sí.
El abrazo fue intenso, largo. La probabilidad de encontrarnos en una playa del sur era ínfima, pero la de reconocernos, sin duda, era nula.
No era periodista, no pudo estudiar en este sistema de Masters carísimos, sin recursos. Su expediente tampoco ayudaba mucho. Entró en el Seminario, ¡vaya, hombre!, dije impertinente cuando me lo contaba frente dos copas de vino de la tierra, pero se salió cuando estaba a punto de terminar el segundo curso. 
-No era lo mío, solo un medio para salir del atolladero.- Su madre había muerto meses antes y esa fue la gota.- Quizá por ella…- dejó la frase colgando.
-Y ahora, ¿qué haces?
-Milito, estoy en un partido conservacionista que lucha en defensa de la vida, toda la vida, la animal, también.
-¿Cómo?
-Aquí, en el mar por las ballenas, están siendo masacradas y nos ponemos delante de los balleneros, ya sabe, profesor, hacerles la vida imposible a los que usan su aceite para cosméticos… esas cosas.
Días después me invitó a ir con ellos al mar en su barca neumática: ahora las cazaban en su último refugio, a pie de calle como quien dice.
-Publio, ya no estoy para esos trotes, amigo mío.
-Además, en su universidad no lo aprobarían, supongo…
-Además.
Pero los designios del destino son inescrutables y ahora me veo saltando sobre las olas, agarrado a una soga en una lancha demasiado rápida para mi gusto, intentando localizar una ballena y alejarla de los que llaman balleneros… aunque mejor será decirles “mataballenas”, creo.
Al rato, vimos a lo lejos una embarcación pequeña que parecía abandonada. Al acercarnos, estaba llena de hombres y mujeres en estado comatoso, el calor, el sol y la fatiga, ya habían matado a los más débiles. Cuando los remolcábamos a puerto, una lancha patrullera sin enseña, pero del país vecino seguramente, nos enfiló a toda máquina, supongo por la velocidad, la espuma y el ruido.
Cuando desperté en el hospital, supe que uno de los nuestros había sido laminado por las hélices del barco en la colisión. No quise preguntar por su nombre, lo sabía, y esa intuición no falla nunca.  
  
Gregorio Torres Triviño
10 de marzo 2015

 
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