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LA CORRIDA NACIONAL por Gregorio Torres. PDF Imprimir E-Mail
Este cronista, que tantos años lleva dedicado al Arte de Cuchares, no puede por menos de constatar con satisfacción el nuevo auge que en nuestro país ha experimentado la tan denostada tauromaquia. 
Hasta hace bien poco pareciese que las corridas si acababan, que las plazas que estaban casi vacías se iban a dedicar a eventos religiosos o campañas electorales de la derecha, que los empresarios ya andaban en suspensión de pago de las ferias de la temporada anterior, y  lo más grave, que las ganaderías estaban el borde de la extinción. 
Pero hete aquí, que con la llegada de la cuadrilla del Niño de La Coleta a nuestros ruedos, tras sus brillantes actuaciones por Centro y Suramérica, una tarde sí y otra también se están corriendo toros por todo los alberos patrios y festejos televisados en directo o diferido y a todas horas.
En esas estamos, y hoy este servidor de la querida audiencia, va a narrarles la Corrida de la Maledicencia que con un cartel espectacular va a iniciarse en pocos momentos. 
En efecto ya han sonado clarines y timbales y el paseíllo va a comenzar. Por el portón de cuadrillas salen los toreros: en el centro por ser el más joven, El Niño de la Coleta, con traje marfil y sangre, va destocado como corresponde a su primera aparición en esta plaza, los aplausos son cálidos, entusiastas, no cabe duda de que despierta simpatías y fervores. A su derecha, Registrador de Carteras y a su izquierda un renovado Pedrito el de la Cansina, que lleva unas temporadas de mal en peor, pero esperamos y deseamos que esta tarde haga de nuevo su faena, esas a las que nos tenían acostumbrados sus padres y tíos, de recia tradición torera, ¡cómo olvidar a Pinochito de la Moncloa!, antaño diestro famoso y hoy retirado allende los mares en sus cortijos de reses bravas.
Detrás, avanzan las respectivas cuadrillas: en el centro, Rejoneador de la Complu y, con su silueta inconfundible, el peón de brega, Billeterito de Venezuela, así conocido por sus brillantes faenas en aquel país, y  flanqueados a derecha e izquierda, los peones de confianza del Registrador, Sibilino El Sanitario, recién incorporado a la cuadrilla, y El Florentino, conocido por su habilidad con la derecha para los pases de espalda. Al otro lado, los peones de desconfianza, El Malogrado y, sonriente, Alcaldable I, nuevo también en estas lides aunque con cierto tirón desde que era novillero.
Ya han dejado a los subalternos los trapos de paseo y toman los de brega haciendo los habituales ejercicios de compás de piernas, manejo del capote y otras poses que el público disfruta. Suena el temido clarín y, señoras y señores esto va a empezar en serio. En tablas, mirando la puerta de toriles, serio y con gesto taciturno El Registrador, que por sorteo tiene que ser el primero en lidiar su morlaco. Expectación.
Silencio y tensión en el ambiente. De la negra boca de corrales surge desafiante un bicho cárdeno de impresionante cornamenta, seiscientos doce kilos, ojos torvos, frente ensortijada y estampa temible, de nombre Gürtel es hijo de  XXXXXX un toro al que se devolvió a los corrales por su poca brega en varas. Esperemos que el hijo de más juego.
Tras unos pases de tanteo, el matador se acomoda en tablas… quizá para no hacer que la faena se haga bajo el sol de los medios, lo que no gusta al respetable que le abronca. El toro embiste a empellones, no tiene un recorrido claro, y sobre todo derrota por el pitón derecho que pone los pelos de punta. Se escuchan tímidos aplausos por el intento de torear del diestro que hace gestos con la cabeza indicando que no puede, que no hay forma de llevarle por el recorrido que a él le gustaría. Los silbidos empiezan a sonar con fuerza… lo cual parece poner nervioso al torero, las banderillas se caen, los rehileteros no aciertan a colocar sus pares y los pinchos desaparecen entre el polvo del albero. En desastre de limpieza en la ejecución de esta suerte. 
El de la Cartera, indica a sus peones que le pongan el toro en suerte mientras él se dirige a por el hierro de verdad. Muleta en mano, va a brindar la muerte del toro a algún espectador… Veamos… sí, parece que entre el público hay un conocido empresario del sector del espectáculo famoso por sus viajes a los Alpes suizos. Escuchemos lo que dice:
-Compañero del alma, compañero… sé fuerte… mañana te llamo. ¡Va por ti!
Se oyen silbidos, parece que no es muy popular este empresario, pero el público contiene la respiración para atender a la faena de muleta. Cita de lejos, en tablas, parece que no quiere un encuentro en los medios, el bicho resopla, escarba con las patas delanteras el terreno, defeca, desagradable espectáculo por cierto, de golpe, se arranca con una embestida furiosa el torero quieto, rígido, con pánico en el rostro, no se mueve… el respetable contiene la respiración... La cogida es brutal, de frente y directamente le empitona en el pecho y le lanza al aire, al caer le mete un cuerno por el… sí, por ahí, y queda colgando en la frente del toro… muchos se tapan la cara, otros la nariz, algunos miran a otro lado… El espectáculo es difícil de trasmitir, señoras y señores. Cuando le recogen parece que esté muerto… pero nunca se sabe, los matadores de toros son de otra pasta… aunque, seguro, ya no podrá torear en esta corrida.
Ya ha vuelto la calma a los tendidos y suena de nuevo el clarín. El Niño de la Coleta sujeta con ambas manos el capote dispuesto a hacer faena, se ve por su expresión que quiere triunfar en esta plaza. El bicho que le ha tocado en suerte es poderoso de cornamenta pero con el pitón derecho bizco y algo revirado hacia afuera, muy peligroso sin duda por ese lado y pesa casi seiscientos kilos, es bragado, negro y ojos malignos, de nombre Periodiquero, hijo de la vaca Canallesca sacrificada antaño por embestir de malas maneras y de  Inquisitorio III, descendiente de los toros de una conocida ganadería ya desaparecida que tantas cogidas produjo en tiempos de Bombita, Frascuelo y otros diestros.  
El diestro, bien plantado en el centro del redondel, con el compás abierto y animando con la voz la embestida, da unos bellos pases a la verónica muy aplaudidos que enlaza con chicuelinas muy ceñidas y remata con media cambiada a pies juntos. Ovación. La corrida se anima tras los desagradables sucesos anteriores.
Suenan los timbales y tras unos pullazos por parte de Rejoneador de la Complu bien colocados, excepto el tercero, algo caído, se retira entre los aplausos del respetable. Los banderilleros cumplen en su suerte, dejando todos los pinchos bien situados en el morrillo, aunque algunos puedan molestar al torero a la hora de entrar a matar. 
El Coleta ya ha cogido el estoque y pide a su peón de brega, Billeterito, que le sitúe al morlaco en los medios. Quiere lucirse. Momentos de emoción, murmullos y siseos pidiendo silencio entre el público. De pronto ocurre algo imprevisto. Mientras su peón de brega se dirige a cumplir lo indicado, algo distraído y dando la espalda a Periodiquero, éste se arranca como una flecha, embistiendo con la testuz baja, los cuernos rozando el suelo y babeando. La gente contiene el aliento o grita avisando de lo irremediable, una brutal cogida… O no, el hombre haciendo gala de buenos reflejos y una agilidad increíble, echa a correr hacia las tablas, va a llegar… No, casi logra entrar en el burladero, pero la embestida es muy fuerte y le engancha por la taleguilla lanzándole al aire con el traje, verde y oro, roto por sus partes pudendas, todo el mundo contiene la respiración, ¿le habrá empitonado? Silencio plomizo.
Cuando cae al suelo, se le ven los calzoncillos y todo el mundo quiere saber la marca, talla, color y otros importantes detalles íntimos. Los cámaras, enfocan  un primer plano y… ¡coño, son de Calvin Klein, joder con el peón… tiene una pasta, seguro que los ha comprado con el oro de Moscú! Luego enfocan un primer plano de la camisola, es de Emidio Tucci, ¡coño, coño, coño, mal asunto, este tipo no es trigo limpio!, aúllan desde la Tribuna de Prensa ciertos plumillas, acaso pagados por cuadrillas rivales, retorciéndose de ira, escupiendo salivazos a sus vecinos. Uno de ellos, como un resorte, los ojos saliendo de las órbitas, se pone en pie y pide que se envíe a los guardias al callejón, hay que averiguar por qué usa ropa de marca. Pide. La corrida se detiene, el matador espera a ver qué pasa. 
Billeterito está bien, sólo ha sido un desgarro en el calzón. Le ponen un esparadrapo en los genitales para que no queden al aire frío de la tarde y el espectáculo sigue. Suspiros de alivio.
Ahora el maestro se dirige a brindarle el toro a alguien. Se para frente a un tendido donde una sonriente y agraciada joven de mirada limpia y gesto risueño, atiende sus palabras. Oigámoslas:
-Con respeto y admiración… ¡Va por usted!
Sobrio brindis, por cierto.  Se acomoda en las tablas, lugar muy peligroso pues los descompuestos derrotes por el cuerno derecho de Periodiquero, seguramente a causa de los genes de su padre hacen temer lo peor. El bicho mira desde lejos, resopla también, escarba, está remiso, pero igual que antes, babeando a la citación del torero, se arranca encelado, parece querer acabar con él con su embestida. Son seiscientos kilos de masa informe los que se le vienen encima a buena velocidad. El impulso es formidable… ¡un montón de toneladas! Si le engancha, adiós coleta y todo lo demás. Pero en eso se produce el milagro, desde la barrera, el peón de brega saca la muleta sobre las tablas. El morlaco se distrae en su embestida, pero su ímpetu es tal que no puede frenar.
Un grito de alivio, se escucha en los tendidos de sol, los de sombra callan, están asustados, ansiosos. A poca distancia de donde esperaba el encuentro El Niño, el toro ha clavado los cuernos en las tablas, se ha empotrado contra un poste que las une y su cráneo ha quedado más inservible aún. Muerto.
Gran revuelo, hay escándalo y gritos, unos a favor, otros contra el matador, división de opiniones lo llaman. El presidente de la corrida, ante el escándalo, saca el pañuelo rojo y la corrida se suspende. Pedrito el de la Cansina, se queda inédito… otra vez será. 
Y esto ha sido todo por hoy. Mañana veremos lo que nos deparan estos bonitos festejos que amenizan el suelo patrio… ¡Vivan los toros!
 
Gregorio Torres Triviño 

 
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