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LA LINEA DEL HORIZONTE por Pilar Puerta PDF Imprimir E-Mail

Paseaba de un lado a otro por la sala, con pasos abiertos y las  manos  apoyadas en la parte posterior de las caderas. Su tripa había perdido la redondez y descendía el volumen anunciando mi llegada.

-¿Será otro hijo o tal vez sea una hija?- Lo importante es que nazca bien- Comentaba en alto.

Todo estaba preparado, una ropa diminuta se había sacado de un cajón, casi  ignorado, era la que había usado el que sería  mi hermano, tres años antes, también el chupete y las vendas para el ombligo. Se había limpiado la casa,  los  cristales del balcón y de las ventanas, lavado las cortinas y  puesto en orden los vasares.

Las mujeres  decían  que no habría parto hasta el cambio de luna y ponían en sus palabras el deseo de que fuera una hora cortita.

De madrugada  empezaron las primeras  contracciones,  como eran muy espaciadas mi padre se fue a dar una vuelta por los corrales, no sin antes avisar a la que sería mi abuela y a la tía Inés, la partera,  quería echar un vistazo al ganado y en especial a una vaca que estaba pronta a  parir y  podría necesitar ayuda.

 Al volver sus pasos eran alegres, una parturienta había parido, ahora faltaba la otra y cuando llegó le dijo a mi madre:

-La vaca ha parido una churra.

-Otra churrita voy  a parir yo – Le respondió entre jadeos. Las contracciones cada vez eran más  rápidas y sin tardanza salí de mi refugio materno, al tiempo que el sol se separaba de la línea del horizonte, ayudada por la partera  y recibida por unas  manos grandes y amorosas, las de mi abuela.

Era  un veinte  de abril,  en el tiempo, y  corría un vientecillo agradable, según mi padre, hacía buena orilla.

A veces me hace pensar si la hora de mi nacimiento  tendrá alguna influencia en  este gusto que siento por las primeras horas del día.

Volviendo a mi nacimiento. Primero salió mi cabeza después los hombros y los brazos,  pero al hacerse presentes mis genitales quedo atrás la persona para anteponerse la condición de mujer. Y fue en entonces cuando se me atribuyeron los comportamientos, obligaciones e incluso modales que la sociedad  había impuesto a mi género.

Nací como un rollito de masa, blanca y  suave, con unos mofletes que apenas me permitían abrir los ojos, era como si quisiera ver el mundo por una ranura  y después de que mi madre descansara y me pusieran presentable hubo varias felicitaciones. Todos me miraban sonrientes.

-Se parece al  padre-Decía una de las mujeres. Y otra le contestó.

-No todo porque las orejas son de la madre y los ojos apenas se le ven, pero apostaría que son azules como los de la abuela Pilar.

Fue mi madre la que quiso ponerme igual que se llamaba mi abuela y me siento bien por llevar algo de quien tanto quería. La partera era un familiar, no  próximo, pero en casa muy querida. Todo su empeño era que yo llevara  su nombre y ante este deseo mis padres permitieron que también me  pusieran  Inés.

En medio de tantas emociones mi abuela puso al fuego bajo  un puchero grande para hacer un buen caldo de gallina y así pasaron mis primeras horas de vida.

 ¡Lo que no sé es qué pasó con la churra!

 

Pilar Puerta, Abril de 2014

                                                                                               

 
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