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EL CIERZO por Pilar Puerta PDF Imprimir E-Mail
                                                                       
Al llegar la noche Mauricio salió de su casa a pesar del frío cierzo, que sorteando las montañas llegaba aún sin ser recibido por nadie. Las calles estaban silenciosas, no se oía una conversación ni tampoco una música, nada que alegrara sus oídos, tan solo se veía en alguna que otra ventana una luz a través de los visillos. Las farolas se asomaban, discretas, por las esquinas con tenue resplandor amarillento para no alterar la sobriedad de la noche, su luz se hacía espacio, entre las congeladas partículas del aire, y se  reflejada en las húmedas piedras de la calle, esto a Mauricio le hacía  caminar más deprisa, pero el viento frenaba con fuerza sus pasos. El pelo se le ponía de punta al igual que púas y sentía en la cabeza la tirantez y el escozor en cada uno de sus poros como si estuviera a punto de congelarse.
En su largo trayecto pensaba en la promesa que había hecho a la que tanto amaba, por fin todo estaba orientado hacía su propósito. 

Fue en casa de unos amigos donde se encontraron y al verla ya no pudo quitarla de su mente, al final de la tarde, se vistió de valentía y, le dijo: 
Necesito verte, porque ahora que te he conocido creo que no puedo vivir sin ti. 
Eso me halaga, pero no te conozco y no puedo fiarme - Contesto ella.
Pídeme una prueba y te lo demostraré.
Sí, eso es lo que necesito, quiero que estés durante veinte noches bajo mi ventana, una por cada uno de los años que tengo, esa será la prueba de tu amor por mí- Dijo ella.
Está bien, lo haré y cuando te vuelva a ver mi promesa cumplida la pondré en tus manos. 
El en lo más profundo sentía la altivez del héroe que podía conseguir para su dama todo lo que se propusiera.

Al llegar miró la ventana donde pasaría muchas horas y vio una mano que separaba el visillo, pero no consiguió verle la cara, no le importó, el hecho es que ella estaba pendiente de él.

 Al pasar el tiempo percibía el frío más intensamente, ahora que se había parado empezaba a no sentir los pies, se puso a dar paseos cortos para  activar la circulación, aunque no podía pisar fuerte como le hubiera gustado,  por temor a hacer demasiado ruido,  se frotaba las manos bajo los guantes pero no hacia reaccionar sus dedos, que estaban dormidos. 
Pasaban las noches y cada una le parecía más dura de aguantar, pero le animaba pensar que cada vez le quedaba menos.
El frío creaba una atmósfera densa que no dejaba ver las estrellas, al pasear las partículas de hielo chocaban contra su la cara y le producían  un dolor en los músculos al igual que si le clavaran agujas. Mauricio permanecía con la boca cerrada para no dejar escapar el calor de su cuerpo, pero al inspirar la densa niebla pasaba por la nariz hasta la garganta y era como si se agarrase a las cuerdas vocales sin posibilidad de soltarlas.
Una noche ya de madrugada, todo apareció con un manto blanco incluido su gorro, no tenía ningún saliente donde refugiarse. En la lejanía, vio la figura de un animal, desdibujada, al aproximarse comprobó que era un gato, que venía de fiesta, pasó por su lado tranquilo, que con andares almohadillados iba dejando las primeras marcas en la nieve, parecía querer pasar inadvertido.  A Mauricio le dio envidia, de que no sintiera frío y el, sin embargo, temblaba, tosía y con el cuerpo contraído miraba a la ventana.
Ya había pasado más de la mitad de las noches y las temperaturas seguían bajando sin consideración. A cierta hora observaba que los pequeños charcos de la calle  iban tomando brillo, hasta convertirse en espejos, él esa noche sintió que el frío entraba a sus pupilas, estaban húmedas por el encuentro con la niebla y tubo miedo que a sus ojos les pasara como a los charcos, por eso cerraba los párpados con frecuencia para protegerlos. Contaba los días que le quedaban, las horas, los minutos y pensaba que  un poco más y ya lo habría conseguido.

Era la última noche y ella esperaba con alegría la prueba de amor, de la que pocas mujeres podían presumir. Se fue hacía la ventana y separó el visillo lo suficiente para ver y no ser vista, sus ojos miraron de un sitio a otro y su cara se vistió de tristeza al ver que él no estaba allí, paso una hora y dos y tampoco apareció y no durmió en toda la noche reclamando su presencia.
Pero Mauricio no fue la última noche porque descubrió, ayudado por el frío, que ese amor no le convenía.
  
   
Pilar Puerta
Abril de 2012
 
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