Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
AMANECE por Carlos Hernández PDF Imprimir E-Mail
Desde que la policía me encontró sin saber dónde estaba ni cómo regresar a mi casa, no me dejaban salir solo a la calle. Decían que no sabría volver y estaría expuesto a cualquier cosa. Como no tenía a nadie que viniera a verme y las cuidadoras no tenían tiempo, me pasaba los meses metido en la residencia. Miraba por la ventana, leía, veía un poco la T.V. y mi relación con los demás residentes se limitaba a los momentos de las actividades comunes. No aguantaba el encierro, y, en la luna grande de junio, me escapé.
Abrí  la ventana y me sacudió la brisa fresca, colmada de vida. La luz del amanecer ya se discernía. En el cielo aun estaban las estrellas, y la luna, grande y cobriza, se echaba.
Algo me decía: este es tu amanecer, el fascinante amanecer  de tu libertad; salta. La infancia me alcanzó y la libertad  de un niño que volaba saltando bancales. “Este es el bancal de tu libertad, salta”. Contuve el impulso y me descolgué. Mi metro ochenta y mi cuerpo liviano me permitieron estar en el jardincillo con un pequeño salto.
Al cruzar el parque, cientos de pájaros, muchos escapados de encierros como yo, me homenajearon con una  alborada coral de entusiasmados  trinos. 
Mi pretendido trastorno espacio-temporal, por el que no me dejaban salir a la calle, debió  desaparecer de pronto, porque llegué a mi casa en poco tiempo y utilizando  atajos. ¡Qué desagradable el olor a cerrado y a viejo!  Abrí el cajón de mis cosas personales. Allí estaba el diamante rosa.
−¡Con lo que te he buscado y apareces ahora que soy viejo!  − me quejé. 
−No te lamentes. La mayoría se muere sin haberme encontrado  o engañados por un diamante falso. 
−De acuerdo.
Se habían adueñado de mi casa y tenían llave. No tardarían en venir a buscarme. Cerré el cajón, cogí el dinero que tenía escondido y me fui a desayunar.
¡Qué rico el café con churros, tan distinto a lo que nos daban en la residencia! Me sentí  feliz y agradecido en aquel ambiente bullicioso y lleno de vida. Miraba a la gente y me devolvían la mirada y, en a la suya, notaba el afecto y la solidaridad de la mía. Una chica de cara nueva,  como el alba de ese día, no dejaba de mirarme y sonreír. ¡Qué distinto sería el amor que podía yo ofrecer ahora!  Seguimos mirándonos y riendo; nada se interponía entre nosotros. Sin dejar de sonreír, se acercó a mí. ¡Qué fuerza tienen los sentimientos sencillos y auténticos!
−Creo que le conozco – me dijo −, usted vive en la calle Naranjo, número 17, en el cuarto.
−Ya no vivo allí. Pero yo a ti no te recuerdo.
−Vivo en el  quinto.
−No conozco prácticamente a ningún vecino.
−Pues nosotros sí le conocemos a usted. Nos preguntábamos qué le habría pasado. Como no le hemos vuelto a ver desde hace tanto tiempo, pensamos que le habría pasado algo, y ahora, cuando le he visto, me ha dado un vuelco el corazón.
−Has visto a un resucitado.
−No…, no.
−Pues sí: acabo de nacer.
−Qué gracioso. De todas formas, tiene una mirada muy  joven.
−¿Cómo te llamas?
−Alicia.
−¿Sueles venir a desayunar aquí?
−Todos los días.
−Alicia, eres muy bonita. Me gustaría venir más a tomar café con churros y a soñar, pero ahora es urgente que me vaya.
Nos dimos un beso y me fui.
Quise poner tierra por medio, y saqué un billete del A.V.E. para Valencia. El paisaje desaparecía a gran velocidad, como si el tren lo engullera. Mi sensación de libertad era total, como cuando bajaba los puertos de Gredos en bicicleta; solo me faltaba el aire zumbando en mi  cara. ¡Iuupiii!, grite de pronto. Todos miraron, y los que viajaban a mi lado se fueron.
Al día siguiente me trajeron a la residencia dos de los servicios sociales y un policía. Me subieron a la quinta planta y me ataron a la cama.

Carlos Hernández de la Torre.

 
< Anterior   Siguiente >

Noticias

Suscripción Newsletter

Si deseas recibir más información sobre nuestras actividades date de alta en nuestra Newsletter.