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HAMELIN por Mª Angeles Benítez PDF Imprimir E-Mail
 
Luis cuelga el teléfono y sonríe de manera extraña. Ana le mira inquisitivamente:
- ¿Qué te han dicho? 
- Bueno, aún no claudican, pero falta poco.
- ¿Qué ofrecen?
- Diez mil euros por niño y ponerme un avión a mi disposición, con garantías de que no haya policía en toda la zona.
- ¿Y te parece poco?
- No sé, tengo que dejarlo bien atado, no me fío de esa gentuza. Si una vez me engañaron, podrían volver a hacerlo.
- Pero no podemos esperar mucho más, la policía del pueblo sospecha, y pronto podemos tener aquí a todos los federales husmeando.
- No sufras, el comisario es amigo mío, lo tengo todo controlado.
- Y los niños ¡cada día que pasa están más asustados! Van a caer enfermos, algunos no quieren comer, y yo no doy abasto con las compras y la cocina, son demasiados, se nos está yendo de las manos.
- Los niños no me preocupan, son como los padres, unos jovencitos malcriados ¡tienen que aprender la lección!
- Pero si ellos no tienen la culpa, sólo te siguieron, eso es todo.
- De tal palo… que paguen por sus padres, unos días comiendo poco no les va a llevar al hospital. Tú déjame a mi, que sé como manejarlos, encárgate de la intendencia y mantente tranquila, es lo mejor que puedes hacer.
- En el pueblo sospechan cada vez que voy a comprar comida.
- ¿Qué les has dicho?
- Que esperamos a unos amigos, y estoy preparando una comilona para cuando lleguen.
- Eso está bien, eres una mujer con recursos.
- Bueno, no sé hasta cuándo me creerán ¿qué tienes pensado? Si pagan ¿dónde vamos a ir?
- A Colombia, he visto que allí no hay acuerdo de extradición y tienen pocas academias de música. Con el dinero del rescate, voy a abrir una.
- ¿Y yo qué? No me has preguntado ¿has pensado si quiero ir contigo? A mi Colombia no me seduce, con los narcos y la droga no se juega.
- Sí, cariño, he pensado en ti, entras en mis planes, tienes voz, pero no voto. Si quieres, sígueme, si no, tú verás lo que haces.
- Estás loco, creo que voy a llamar a la policía.
- No estarás hablando en serio.
- Claro que sí.
Mientras Ana descuelga el teléfono, Luis revuelve entre sus flautas y una pequeña pistola reluce en su mano.   
- Quieta, pequeña, no te atrevas a marcar.
- Luis, por favor, recapacita. Aún estamos a tiempo.  Podemos explicar la verdad, que esa gentuza no cumplió su palabra, que los niños te siguieron por sí mismos y que siempre has pensado llevarlos de vuelta a casa. Tú no eres un secuestrador.
- ¿Y quien va a creerlo después de quince días con los niños aquí? 
- Pero es la verdad ¿o no? Eso al menos es lo que me hiciste creer ¿o me has engañado desde el principio?
- Bueno, no exactamente. Inicialmente fue así, pero enseguida me di cuenta del gran negocio que podía hacer.
- Luis ¡por favor! ¡baja la pistola, se puede disparar!
- Ni lo sueñes. Junta las manos. Te irá bien pasar unos días con los niños. Tú te lo has buscado.
- ¡No me ates, por favor! Yo aún te quiero, podemos arreglarlo.
- Creo que no, el viaje para dos se acaba de convertir en una escapada solitaria.
- Podría denunciarte, te encontrarán.
- No lo harás, tu vida pendería de un hilo desde ese mismo momento, no bromeo.
- Y yo que creía que eras un hombre honrado…
- Nunca te fíes de las apariencias, pequeña. ¡Vamos, entra en el garaje! Espera, antes tengo que amordazarte.
¿Habéis creído todos que podríais conmigo? ¡Qué equivocados estáis! Colombia me espera, vamos, pringados de Hamelin, quiero el dinero en mi cuenta mañana mismo, si no, empezará la carnicería.
 
 Mª Ángeles Benítez. Enero de 2012 
 
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