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HASTA NUEVO AVISO (un miedo de época) de Alfonso Rincón PDF Imprimir E-Mail

Noviembre es un mes de muertos y miedos; trae lluvia y frío, y atardeceres desaprovechados que nadie contempla porque prefiere el refugio de las calefacciones, las clases nocturnas o las compras adelantadas de Navidad. Hay hojas que se van solas, escritas con desgana, sin dejar siquiera su recuerdo amarillo. Noviembre es lúgubre como el miedo a lo oscuro. La simiente se oculta, presagia el invierno paralizante, temo a lo desconocido como si los ciegos o los viejos tuviéramos que vivir siempre con miedo. La naturaleza y mis miedos tienen su propia representación que es en noviembre cuando se confunden.

Avellaneda es una chica de diecisiete años que sí debió sentir un miedo inminente, cruento y terrorífico cuando un simple aprendiz de novio la golpeó con una piedra hasta matarla: le vino ese único miedo real, el de la muerte. 

Noviembre levanta la veda del miedo. ¿A quién no se le ha muerto alguien en noviembre? ¿Te subieron el sueldo en noviembre? ¿Te hicieron un regalo de flores, si no has llegado todavía a vivir en un cementerio, en noviembre?  ¿Conseguiste trabajo en noviembre? Nunca me tocó la lotería en noviembre, pues el azar se rompe y se clava en la piedra del destino.

Es un mes culposo, donde  me abruma el miedo al poder absoluto de los gobernantes o reviven los ogros enterrados que amenazan mi sociedad del bienestar: miedo transmitido. Este miedo, a la vez, convive con el temor a perder mis ahorros, mi casa, mi trabajo, mi subsidio; miedo de que no llegue el hijo que espero, decidido por mí después de cien pruebas favorables de salud; miedo a que se quiebre el porvenir de mis hijas o a que mi padre muera de alzheimer -“que pase pronto el trance para rehacer mi vida”, me digo en mis adentros, para mí solo-; miedo al cáncer que mentamos en los cuerpos de otros: miedos de mentirigillas, imaginado.

Y todos ellos, en noviembre, me llegan por la noche cuando estoy acostado e indefenso, y aparecen como el zumbido de  un viento lejano que se acerca cada vez más pronunciado, se hace más nítido hasta convertirse en un ruido molesto: la sirena de una ambulancia, de dos, de tres, de coches de bomberos que en algún sitio paran, cambian de estrépito, se quedan fijas sus luces giratorias que invaden las ventanas semiabiertas. ¿Un atentado? ¿Otro once de marzo? ¿Una manifestación con cargas de la policía y muertes? Los miedos no duermen, se alumbran de la noche: son mis propios miedos inventados que llenan mi cabeza de adrenalina mala. Me digo “hay que dormir, no pienses en nada” e intento concentrarme en la respiración, ese ir y venir del aire; pero las cabezas vuelven con nuevos miedos. Me concentro en la piel y busco el cosquilleo que acaricia mi cuerpo cuando, en reposo, no siento nada. Pero los miedos vuelven, ahora más tenues. De la respiración y la piel me voy al corazón, por sentir si sus latidos firmes y contundentes me liberan del miedo. ¿Y si esto se para, o se acelera de más y se desboca?, me viene. Un miedo a perder el autocontrol, a no ser yo; a no existir, me avasalla. Y no sé porqué milagro del corazón me brota una llama  de paz, de paz concreta y buena que se alimenta de amor a los demás; caras que pasan de gente a la que quiero y a cada uno se me escapa decirle con cariño, como con un silbo: “No me importa que no creas en Dios, pues esa es tu creencia, pero no me ataques ni me desprecies porque yo crea; que tus acometidas y tu desprecio, eso sí, me dan miedo”. Y su sonrisa al aceptarme como soy me quita el miedo. Con ese pensamiento de reconocimiento, amor y culto a lo bello se reduce mi tensión, “el “músculo duerme, la ambición descansa” como en el viejo tango, y los miedos se evaporan hasta el día siguiente. 

 
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