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ASOMARSE por Pilar Puerta PDF Imprimir E-Mail

Acabo de llegar al aeropuerto de Tánger, pero mi destino es Chauen. Para llegar no hay transporte público y aunque me separan ciento veinte kilómetros me veo en la necesidad de coger un taxi, no me importa, tengo muchas ganas de ver a mi amiga. Hace unos años se trasladó aquí, en busca de una vida que fuera más acorde con su forma de pensar.
Subo al taxi, no sin antes ajustar el precio, al principio me asalta un sentimiento de desconfianza. ¿Por qué?, me pregunto, creo que es la ignorancia y el miedo a lo desconocido, pero pronto se desvanece porque aunque el taxi no parece oficial está en la parada y todos conocen al conductor.
Es un hombre mayor vestido con chilaba corta y gorro de lana jaspeado, y se me antoja llamarle señor Ibrahim. Con decisión comenzamos el camino, nunca mejor dicho porque la carretera es de tierra y los coches que van delante difuminan el paisaje. Pero  pronto aparecen unas pequeñas nubes que sin tardar nos regalan una tamizada lluvia, con lo cual todo aparece mas nítido.
A lo largo de la carretera se ven pequeños grupos de hombres con ganado, y las mujeres caminan por el arcén como sombras sometidas, llevan un cordero tirado por una cuerda para celebrar la fiesta y los niños salpicados de barro saltan de charco en charco. 
El señor Ibrahim  hace algún que otro comentario indicándome por donde pasamos, aunque es hombre de pocas palabras. A mitad del camino le sugiero tomar un té que el acepta encantado y paramos en un chiringuito de la carretera.
Nos sentarnos en una de las mesas, el señor Ibrahim se quita el gorro y deja al descubierto su pelo azabache, matizado de cabellos blancos dóciles al peine, pero lo que más me impresiona es la fuerza de su mirada en esos ojos profundos y oscuros que me miran sinceros. El iris es como la entrada a una selva, con su atrayente vegetación que brinda sombra y descanso al que lo necesita. Intento pasar y me encuentro con un tupido entramado que me cierra el paso, tampoco puedo asomarme, es como si detrás del intenso ramaje hubiera una caverna oscura con unas imágenes gravadas a fuego dolorido. Quizá esto sea el origen de ese rictus que aparece en su cara cuando está en silencio.
Continuamos el viaje. El me responde amablemente a lo que le pregunto y observo que en esta parte de nuestro camino los silencios son menos violentos.
Por fin llegamos a Chauen y, al despedirse, el señor Ibrahim coge mis manos y durante unos momentos las mantiene afectuoso entre las suyas, y así me deja en este pequeño pueblo de montaña donde si estiras mucho los brazos se pueden tocar las nubes con la punta de los dedos. 


                                                   Pilar Puerta      junio de 2011
    
 
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